Vídeo formativo y expertos nerviosos

El vídeo formativo bien programado y utilizado es un recurso que facilita el aprendizaje. Es más, me atrevería a decir que es un recurso insustituible e inigualable para el aprendizaje. Especialmente, si hablamos de fomentar el conocimiento tácito, resultado de la experiencia y/o la observación.

¿Qué quiere decir bien programado y utilizado? Que responda a unos objetivos de aprendizaje en los que el vídeo resulte la herramienta más adecuada. No se trata de poner vídeos porque sí, porque quedan bonitos o están de moda, sino de poner vídeos cuando realmente son interesantes y aportan valor.

Por lo tanto, la primera pregunta que deberíamos hacernos antes de introducir un vídeo en un recurso formativo sería: ¿qué es más eficaz?, ¿que los alumnos vean o lean esta información?

Si explicamos la respiración costodiafragmática como técnica de relajación, será preferible ver a leer; si queremos enseñar derecho constitucional, el texto será necesario e inevitable. Podríamos hablar también de cómo debería ser ese texto y cuáles son sus ventajas, pero eso ya es harina de otro costal y, por lo tanto, quizá un tema para otro artículo en este blog, más adelante. De momento nos quedamos con una conclusión: hay contenidos que precisan recursos que permitan la lectura, la interiorización pausada de la información, su estructuración en diferentes niveles de profundidad o en diferentes materiales en función de los distintos estilos de aprendizaje del alumnado. Hay otros en los que un vídeo vale más que un millón de palabras.

La segunda pregunta que debemos hacernos, cuando ya hemos decidido que el vídeo es el recurso más adecuado, es qué tipo de vídeo vamos a utilizar: cuál será el más adecuado para que el alumno aprenda.

Podríamos clasificar los vídeos formativos en:

  • Simulaciones.
  • Vídeos documentales o narrativos.
  • Prácticas o experimentos grabados en vídeo.
  • Vídeo motivador.
  • Explicación o lección de un experto.

¿Cuál elegir? Supongamos que estamos formando a personal médico de un servicio de Urgencias. Queremos que aprendan los puntos de sutura más comunes. Es obvio que una práctica en la que veamos cómo se hacen las costuras será mucho más útil que un vídeo en el que oigamos hablar del punto colchonero, sin verlo, como si fuese el que se le practica a los seguidores del Atlético de Madrid. Del mismo modo, podemos enseñar una simulación, si pretendemos enseñar a usar una aplicación informática corporativa o un vídeo de tipo documental o narrativo, si nuestra intención es mostrar, por ejemplo, a un estudiante, cómo son los movimientos de rotación y traslación de la tierra. Como hemos visto, las posibilidades son muchas y tendremos que decantarnos por la que dé una mejor respuesta a nuestros objetivos didácticos.

¿Y a partir de aquí qué debemos tener en cuenta? Pues muy sencillo, todo lo relacionado con la producción, guionización y postproducción del vídeo: desde la localización hasta las músicas y locuciones. Pero si hay una cuestión que resulta extremadamente delicada es la elección y dirección de la persona que va a hablar en el vídeo, si es el caso.

La cámara es un elemento extraño que siempre se hace presente (excepto en Gran Hermano, o eso dicen), al que la mayoría de la gente no está acostumbrada. Y tiene asociada toda una parafernalia que hace que el orador más competente se sienta como una molécula estudiada a través del microscopio por toda una recua de químicos interesados en el más mínimo de sus movimientos.

Para una grabación no se necesita solo una cámara con su trípode (afortunadamente, cada vez son más pequeñas, eso hay que reconocerlo). En primer lugar, es más que posible que sean necesarias varias. Pero, además, hay que poner un micrófono a la persona que va a hablar, focos potentes y grandes para iluminar la estancia, quizá una salida de vídeo con un monitor y casi seguro que muchos metros de cables largos terminados en un enchufe excepcionalmente grueso. Además, el equipo inundará la sala con maletas, cargadores de baterías y piezas de sustitución de todo tipo; hablarán en su jerga y, justo antes de que el experto empiece a hablar, le colocarán un papel blanco delante de la cara. Todo muy normal, vamos.

A este contexto hay que sumar el propio miedo escénico; el tener que mirar a un objetivo frío e impersonal; la obsesión de muchos expertos por querer decir exactamente lo que han preparado, palabra por palabra, de memoria o, incluso, leyendo, pese a su falta de pericia a la hora de mirar a un teleprompter…

¿Se puede hacer algo? Sí, tras 18 años de experiencia profesional, 11 de ellos grabando muchas entrevistas a diario, estoy segura de que se puede hacer mucho.

En primer lugar, hay que seleccionar bien al orador. Queremos a un experto, vale. Entonces no se trata de contratar a un actor profesional que tenga una dicción exquisita, pero tampoco de poner a un experto, por muy experto que sea y por mucha credibilidad que pueda aportar, si tiene un defecto de pronunciación que hace ininteligibles sus palabras.

En segundo lugar, hay que explicar al orador cómo se va a desarrollar la grabación. Conviene ser minucioso y explicar todos los detalles, incluidas las pertinentes recomendaciones de vestuario, peinado… Podemos tener al experto con mayores dotes oratorias tranquilo delante de la cámara, pero la grabación será desastrosa si lleva un collar que da golpes en el micrófono o viste un jersey de cuadritos que hace efecto muaré. Eso por no suponer que le vayamos a grabar con croma verde y aparezca vestido de ese color.

Del mismo modo, debemos pedirle que prepare su discurso y que tenga todo dispuesto para el día y hora de la convocatoria. Pero, sobre todo, debemos responder a todas sus dudas, hacerle sentir que estamos pendientes de él y que nuestro trabajo consiste en hacer el suyo un poco más sencillo. Por eso, se recomienda contactar con él/ella varias veces durante la fase de producción. Esta tarea, además, contribuye a crear cierto clima de confianza, de relajación.

En tercer lugar, hay que poner unos ojos a los que el experto pueda mirar. El experto no debe recitar de memoria algo que se ha aprendido, ya que, por muy bien que lo haga, se notará. Como hemos indicado, tampoco debe leer un teleprompter (más o menos profesional) si no está acostumbrado a hacerlo, porque el espectador verá el movimiento de sus ojos. Y, sobre todo, no debemos pedirle que mire directamente a cámara y suelte un speech, a pesar de que pueda repetir siempre que quiera y por mucho que no nos importe invertir horas en la grabación o en la postproducción del vídeo. Lo mejor es poner a una persona cerca del objetivo a la que el orador pueda mirar a los ojos mientras habla.

Y, por último, hay que poner boca y oídos. En mi opinión, la mejor manera de grabar a un experto para un vídeo de carácter formativo es la entrevista. La presencia de un entrevistador y el formato de pregunta-respuesta permiten tranquilizar al orador, orientar y centrar su discurso, obtener explicaciones más concisas, hacer repeticiones de una manera más amigable, reducir el cansancio… Además, se obtienen totales más sencillos de editar, a los que se les puede sacar mucho más partido. Y sobre todo, ese es nuestro objetivo final, permite crear un vídeo más coherente con los objetivos de aprendizaje que nos habíamos propuesto.

Todas estas normas podrían resumirse en una: ser empáticos en todo momento.

No hay más secretos. La clave está en ponernos en el lugar de la persona a la que vamos a grabar y comportarnos con ella, como dijo Kant, como desearíamos que se comportaran con nosotros. Y punto, por mi parte, pero seguido: la siguiente línea de este artículo queda reservada para tu comentario.

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